Me gustaba la casa porque era espaciosa y antigua, y porque guardaba los
recuerdos – y los secretos de mis bisabuelos-, él escritor, editor y librero, ella
también, todo eso, y además una excelente cocinera y costurera.
Siempre me levanté temprano, a eso de las seis, pero hace tres o cuatro
meses que cambié los hábitos: ya no hago más la limpieza por la mañana, y me levanto a las cinco, para escuchar
atentamente los ruídos que vienen creciendo durante la noche y que aumentan cuando él toca el timbre,
insistentemente, a eso de las 5:40.
Lo espero al lado de la puerta, unos diez minutos antes que llegue, puntual,
a las 5:40, de modo de abrirle rápido, antes que se prenda al timbre y lo
toque, enloquecido durante más de diez, doce segundos, cuando todo el mundo
sabe -y él más que nadie- que con dos segundos bastan; dos segundos serían más
que suficientes, y ya se lo he dicho un par de veces, pero él me mira con unos
ojitos irónicos y no responde nada, y al día siguiente está allí de nuevo, en
la vereda, prendido al timbre durante diez o doce irritantes, enervantes,
enloquecedores segundos de tortura sonora.
Él entra y los sonidos extraños que vienen desde el fondo de la casona durante la noche aumentan. Parece que él se suma a un coro de gnomos y duendes -o tal vez de cronopios y de famas- que se ríen a las carcajadas, hacen ruido, martillan y susurran en voz alta (sí! sí!, es posible!) durante horas.
Paran los ruidos a las 11:0, y a las
11:30 empiezan de nuevo hasta las 4:00 de la tarde en un crescendo enloquecedor
hasta que él se va, sin despedirse y sin mirarme, pero con una leve sonrisa
sarcástica en el ángulo izquierdo de la boca, que es lado en el que me quedo, muerto de odio, para abrirle la puerta.
Pasaron otros tres meses y medio y los ruidos pararon. Él no viene más
hace un par de semanas. Al fondo de la casa, en lugar de la bulla insoportable,
un hedor ácido, fuerte, casi nauseabundo. El vecino de al lado ya se quejó.
Hoy a la mañana hice mis valijas. Me voy. Cierro la puerta y arrojo la
llave al jardín del vecino quejoso.
Tomaron la casa y para mí es imposible vivir tan cerca del cuerpo sin
vida de un pintor ruidoso y encima irónico.
JV. Catamarca, 2020.