segunda-feira, 19 de junho de 2017

Las arrugas del tiempo y los otros dos.

Las arrugas del tiempo y los otros dos.



Librería El Ateneo. Buenos Aires.

Xavier salió del departamentito de un único ambiente en la Avenida Ipiranga 81, caminó unos 350 metros hasta la flamante estación de metro de la Plaza de la República. Estaba bastante adelantado para la primera clase e iba despacio; hizo la combinación con la línea azul en Praça da Sé, y se bajó en Vila Mariana.
Todavía faltaban unos cuarenta minutos para entrar al aula y decidió parar un rato y tomar un "pingado de café com leite" y un pan con manteca "na chapa". 
Se sentó en un banco alto al lado del mostrador, miró para atrás por el espejo y entonces lo vio. 

Era Israel Vilhas, igual, solo que treinta años mayor: envejecido, canoso y flaco, casi descarnado. A su lado, sentados los dos en una mesita del fondo oscuro del bar, un hombre que le pareció familiar: no más de un metro y setenta, pelo negro, unos 78 kilos, calvicie incipiente, tal vez 64 o 65 años, y bastante parecido a su padre. Esto lo intrigó casi tanto como verlo, así de golpe, al viejo Vilhas, tan envejecido que parecía un hombre de 90 años.
Tomó el café con leche despacio, se levantó y llevó el platito con el pan con manteca; y giró sin prisa, para ir directo a la mesita del fondo, donde estaban Israel Vilhas y el otro hombre, que tanto le recordaba a su padre. 
Ellos no lo vieron de inmediato, pero Xavier se sorprendió de nuevo, al notar que en realidad estaba en un escenario completamente diferente: mesitas de bar, sí, pero al fondo de un gran teatro, con las paredes llenas de libros, gente vestida de un modo más informal todavía, si se la comparaba con sus jóvenes amigos brasileños en aquel año de 1980. 
 
No, definitivamente el escenario del bar no solo no era el del "boteco" de la esquina de Domingos de Moraes con la Lins de Vasconcelos, ni siquiera era un escenario tropical y paulistano; era una librería porteña.

- Sí jovencito, estamos en Buenos Aires, en 2014 y apuesto que Ud. se llama Xavier, llegó hace muy poco a Brasil, da clases de inglés, y tiene un problema serio, antiguo, con este hombre que me acompaña, don Israel Vilhas- le largó de pronto, en un castellano cargado por el acento cordobés, el acompañante del viejo, acertándole en todo y dejándolo boquiabierto y casi mudo del susto.
- ¿Quién es Ud? ¿Acaso somos parientes?- se defendió Javier, intrigado y algo temeroso.
- Si le digo, Xavier, que su última residencia acá en Buenos Aires, en 1979, quedaba en Lomas del Mirador, ¿va a creerme que lo conozco casi tan bien como Ud. mismo se conoce?- insistía el hombre, y Vilhas los miraba a ambos con los ojos perdidos en un horizonte lejano, típica mirada de un viejo que sabe que la eternidad - o la nada- lo aguarda muy cerca, quizá a la vuelta de la próxima esquina.
- Digame, ¿somos de la misma familia?- tanteaba Xavier, mientras buscaba en la memoria la imagen de este hombre tan familiar, tan semejante a su propio padre.
- Te cuento, Xavier, y dejáme que te tutee, que al final yo soy vos dentro de 33 años- le larga el desconocido y a Xavier, jovencito de menos de treinta años, 70 kilos escasos, pelo y bigote negro, le cuesta reconocerse en este hombre gris, pesado y todavía con algunos rulos, pero casi calvo. Y se sienta para no caerse.
- Y vos, ¿qué hacés acá, Israel?- lo fulmina al viejo Vilhas con la mirada, cargada de un desprecio juvenil que mete miedo, el Xavier de 1980.
- Vine a despedirme de mi hermano; murió hace un par de años, y yo nunca me había atrevido a volver a la Argentina- confiesa el viejo, y la voz le sale desde el fondo de un cansancio casi secular, y Xavier - el joven- se ríe pensando en los que lo llamaban "testigo del siglo"...¡já, já!...pero si todos somos testigos de este siglo XX que parece que no se termina más.
-  Pero se terminó Xavier; y ya hace 14 años que empezó el siglo XXI, el de la falsa paz, el de la democracia limitada, el de la izquierda derrotada pero que se instala en el poder y gobierna con los antiguos métodos, y hasta con algunos de sus viejos enemigos mortales - le informa el viejo Xavier al Xavier joven, que lo mira estupefacto.
- Son las arrugas del tiempo, Xavier- le dice Israel Vilhas - no solo la piel de los viejos se llena de arrugas, también las líneas del tiempo se pliegan con el pasar de los años-.
- Si, y a veces ocurren superposiciones, como esta que ves ahora: vos y yo, la misma persona, con 33 años de distancia, una al frente de la otra- refuerza el Xavier viejo la teoría que el joven ya había oído alguna vez en conversaciones con Juancito y sus historias con Pedro Milesi y el general Líster.
- Tengo que dar una clase dentro de diez minutos en Vila Mariana, ¿dónde estoy?- dice el joven Xavier y se levanta para retirarse.
-Muy lejos amigo, en Buenos Aires, ya te dije. Pero no te preocupes, no creo que pierdas esa clase; cuando vuelvas a 1980 todo seguirá igual, ya vas a ver. Vamos, quiero mostrarte una cosa- y el viejo Vilhas se levanta de la mesa con dificultad, apoyado por un bastón de palo nudoso, pero ni el Xavier envejecido ni el joven hacen el menor esfuerzo por ayudarlo a caminar. Algunos vecinos de mesa los miran con un cierto espanto: ¿cómo puede ser que un hombre de casi 90 años no reciba apoyo del joven, por lo menos? Y un señor se levanta y se ofrece para acompañarlo hasta la salida.
Xavier joven y el viejo Xavier aprovechan para adelantarse, salen a la vereda de la avenida Santa Fe y se alejan un par de metros de El Ateneo. Pero el paso lento de Israel Vilhas, y una mirada suplicante, pidiéndoles ayuda, lo hace volverse al Xavier sesentón, que se acuerda de algo que leyó en los escritos de su amiga Alicita, que decía que no hay nada que se compare a confiar como sólo se confía en un compañero, o compañera, al que además se respeta; y se acuerda el Xavier viejo que con un compañero, más que con un amigo o amiga, se comparten objetivos que trascienden lo individual. 
- ¿Lo habrá entendido alguna vez el viejo Israel Vilhas?  como decía Alicia, ¿sabría lo que era abrazar, disfrutar, recorrer o recibir un cuerpo joven y sano al que, sin embargo, mañana podía arrebatar la cárcel o la muerte? ¿Se acordará el viejo aquello que sabíamos hace 35 o 40 años, que cada encuentro podría ser el último y que después podría venir la separación, tal vez para siempre? ¿Sentiría él que, como decía la amiga Stolkiner, en cada encuentro de camaradas, amigos revolucionarios o de la misma pareja, tratábamos de suspender el tiempo y olvidarnos de lo inmediato, porque era una jugada deslumbrante, con una intensidad máxima?
Xavier joven y su otro yo envejecido lo miraron al viejo, y la rabia del joven se desvaneció en pena; se disolvió el odio y el desprecio a la traición, como al Xavier maduro se le había vuelto difuso el horror inicial, 38 años atrás, ante la fuga, la huída cobarde y planeada, el desamor desencontrado del viejo Vilhas con tantos compañeros que lo querían y respetaban "con una intensidad máxima", inocente, tan típica de la entrega revolucionaria.
El viejo Israel Vilhas sube al taxi con una lentitud que representa años, décadas enteras de soledad, y tal vez de arrepentimiento. Entra y cierra la puerta del coche con una paciencia y resignación que son las que siguen a las tantas separaciones de siempre y para siempre, repetidas una y mil veces. 
Hace un gesto triste al pasar, que se parece con un saludo, un chau esperanzado de quién quiere volver a ver a un viejo camarada, y le pide perdón con la mirada; o quién sabe sea un adiós conformado, un empezar a perderse en las brumas de un pasado que ya no le pertenece, porque la traición a los compañeros, la deslealtad y la decepción no se pagan, no se compran ni se venden. Se pueden entender, pero no se perdonan.
- No Xavier- le dice el viejo a su joven otro yo, que sigue mudo, de cara ensombrecida, las cejas y labios apretados por el rencor. - No, ya no se acuerda el viejo Israel Vilhas de aquellas jugadas deslumbrantes, de una intensidad máxima, de las que habla Alicita, porque a la camaradería él la debe haber entendido como a la amistad de los viejos políticos burgueses, meros compinches, llenos de intereses y  de pequeñas conveniencias. ¿Beneficios o réditos?...eso era lo único en lo que no se podía pensar cuando hablábamos de amor, de sexo, o de camaradería. Era prohibido, porque éramos como los combatientes de la Compañía de Jesús, o los santos franciscanos, o los monjes del Tíbet. Por eso vos seguís siendo un puro Xaviercito, a los 30 años; y yo, con más del doble de tu edad, el mismo yo, ya no soy inmaculado como antes- dice el Xavier envejecido, y se le nubla la vista, se apoya en la pared en la esquina de Santa Fe y Aráoz, a una cuadra y media del conventillo en el que nacieron y vivieron, Xavier el joven hace 30 años, y el viejo Xavier hace 63.
Y la bruma fría del barrio chic porteño se ilumina; y desaparece la neblina y florecen los flamboyans y los ipês, y el ruido y los olores tropicales del barrio de Vila Mariana, en São Paulo, lo deslumbran al joven Xavier, que mira en el reloj de pulso, y ve que el tiempo corre, que faltan solo seis minutos para empezar las clases de inglés de su segundo grupo en el CCAA, que no puede atrasarse, y que la vida continúa, y la revolución sigue, como el viejo topo, por otros caminos, más sinuosos, pero siempre con un objetivo fijo en el horizonte.

"Cuando llegue a mi casa
besaré a nuestros hijos
¡y he de amarte tanto!
que nos envidiarán los muertos
que murieron de amor
porque amando vivieron"
                                                     
El Amor y los Amores

J. Villanueva, São Paulo, 16 de abril de 2012.

Referencias:
Luis Rubio Iribarren:
y
Alicia Stolkiner:  

quinta-feira, 15 de junho de 2017

El hundimiento del Maine y la Guerra de Cuba o Hispano-norteamericana.

El hundimiento del buque Maine y la Guerra de Cuba o Hispano-norteamericana.


Telegrama enviado al Capitán James Forsythe, Comandante naval de la base de Key West, por Charles Sigsbee, Capitán del USS Maine notificando el hundimiento del buque.

El hundimiento del Maine y la Guerra de Cuba o Hispano-norteamericana.

El incidente conocido como “hundimiento del Maine” ocurrió en 1898, cuando Cuba era llamada “la última joya del Imperio Español”. El valor comercial y la localización estratégica de la isla de Cuba ya habían provocado varias ofertas de compra por parte de los presidentes estadounidenses John Quincy Adams, James Polk, James Buchanan y Ulysses S. Grant, que España siempre rechazó ya que era de uno de sus territorios más ricos, y el movimiento comercial de La Habana era similar al de Barcelona en la misma época.

Para cuidar los intereses de los estadounidenses en la isla, el gobierno de EEUU envió a La Habana el acorazado Maine. Era una maniobra intimidatoria para provocar a España que seguía firme en rechazar la propuesta de compra de Cuba y Puerto Rico ofrecida por los Estados Unidos.

El hundimiento del Maine

El 25 de enero de 1898, el Maine entraba en La Habana sin avisar previamente su llegada, lo que era contrario a las prácticas diplomáticas de la época e incluso a las actuales. En contrapartida, España envió al crucero Vizcaya al puerto de Nueva York.

El Maine

El 15 de febrero, a las 21 y 40 una explosión hizo volar al Maine por los aires. De los 355 tripulantes, murieron 254 hombres y dos oficiales, la gran mayoría de ellos, negros.
El resto de la oficialidad estaba en un baile ofrecido en su honor por las autoridades españolas.

Sin esperar el resultado de las investigaciones, la prensa amarilla de William Randolph Hearst – el Ciudadano Kane- publicaba al día siguiente:
“El barco de guerra Maine partido por la mitad por un artefacto infernal secreto del enemigo”.

Un reporter del diario The World en La Habana, Silvestre Scovell, quiso enviar el siguiente cable:
“Un individuo desde un bote arrojó una bomba sobre el acorazado Maine que produjo la explosión…”; el censor alegó que eso era falso, a lo que le contestó: “Sí, pero es sensacional”.

Como el cable fue rechazado, lo mandó oculto por barco a Cayo Hueso y de allí fue transmitido al diario neoyorquino que  publicó la información falsa junto con un gran dibujo de la explosión.

Para determinar las causas de la explosión se crearon dos comisiones de investigación, una española y la otra estadounidense, ya que los últimos se negaban a un equipo mixto. Estados Unidos sostuvo desde el inicio que la explosión había sido provocada y externa.

Sin embargo, la conclusión española decía que la explosión fue debida a causas internas del barco. Los españoles argumentaron que no podía ser una mina como sostenían los estadounidenses, pues no se vio ninguna columna de agua levantándose de abajo hacia arriba y, además, si la causa de la explosión hubiera sido tal, no deberían haber estallado los pañoles de munición. También hicieron notar que tampoco había peces muertos en el puerto, lo que sería normal en una explosión externa.

España negó que tuviera culpa por la explosión del Maine, pero la campaña de los periódicos de William Randolph Hearst, convencieron a los estadounidenses de lo contrario.

EE. UU. acusó a España del hundimiento y dio un ultimátum; le exigía la retirada de Cuba y movilizaba voluntarios aun antes de recibir respuesta. El gobierno español rechazó su supuesta culpabilidad por el hundimiento del Maine y se negó a aceptar el ultimátum estadounidense, declarándole guerra en caso de invasión a sus territórios. Cuba, sin ningún aviso por parte de los EEUU, ya estaba bloqueada por la flota estadounidense.

Sobre el hundimiento del Maine, varios estudios posteriores llegaron a la conclusión de que probablemente la explosión fuera provocada desde dentro del buque, debido a una ignición de lasantabárbara, acidente común en los barcos estadounidenses de la época por causa del tipo de carbón usado, ya que hasta la época de la construcción del Maine se había informado de incendios en las carboneras de buques de la Armada antes del hundimiento relatado, muchos de los cuales estuvieron a punto de provocar explosiones.

Javier Villanueva. 15 de junio de 2017.

Ver más en:

https://revistadehistoria.es/el-hundimiento-del-maine-comienza-la-guerra-de-cuba/

Otra vez Patoruzú, y un poco más sobre las historietas

Otra vez Patoruzú, y un poco más sobre las historietas

 

La Editorial Perfil* de Buenos Aires reeditó, poco tiempo atrás, una colección con la figura de Patoruzú, el personaje de creación de Dante Quinterno. 
Es una producción fiel a las ediciones originales pero en colores, aunque con un coloreado de mejor calidad que el de sus colecciones anteriores de Patoruzito, otra creación de Quinterno, en las que los tonos usados por Perfil parecían ser demasiado saturados.
En los créditos autorales de las ediciones anteriores se podían leer los nombres de los artistas que colorearon las nuevas tiradas, y el nombre de Dante Quinterno, creador de ambos personajes, claro. 
Pero lo que no figuraba en ninguna de las reediciones de Patoruzú, Patoruzito o Isidoro, era el nombre del guionista y de los dibujantes que produjeron cada una de las historias anteriores. Esa reedición de doce historietas de Patoruzito, publicadas por el Diario Perfil,  vendió más de 150 mil ejemplares en unos pocos meses y fue la primera vez que el personaje juvenil fue producido a todo color. 
Javier Manes, editor de Editorial Perfil, comenta que, como siempre desde su nacimiento, entre los aspectos que más despiertan el interés del público están los valores éticos y de comportamiento que transmite el personaje, la nobleza y la honestidad de Patoruzito. La reedición colorida del clásico Patoruzú, la historieta inmortal de Dante Quinterno, nos trae de nuevo al tema de la famosa tira cómica argentina.

Un poco más sobre la historieta argentina y las tiras de los años 30, 40 y 50

Como ocurre en todas las artes, la historieta en todo el mundo también tuvo su edad de oro, que en su caso coincide con la época de las grandes crisis y convulsiones sociales y políticas de los años 30. Son los años en que aparecen o se imponen las dictaduras nazis y fascistas -en Alemania e Italia primero,  y en toda Europa después- en los que los EEUU lanzan sus obras maestras, como “Buck Rogers” en 1929, “Flash Gordon en 1934; Dick Tracy, en  1931; “Terry y los piratas”, en 1934; “Tarzán”  en 1929, y “El Príncipe Valiente” en 1937. También son lanzados “El Hombre Enmascarado”, en 1936, “Mandrake el mago” en 1934, “Superman” de 1938, y “Batman” en 1939.

Tal vez considerando su proyección internacional, la historieta argentina sea la más difundida de toda América Latina. Sus primeras historietas propiamente dichas aparecen durante la primera década del siglo XX. Son las tiras de “Viruta y Chicharrón”, de 1912. Son los años en los que surgen una serie de trabajos de Arturo Lanteri , “El negro Raúl”, de 1916; “Pancho Talero”, de 1922, y de Dante Quinterno, “Pan y Truco”, de 1925; y Patoruzú, en 1931, publicados en varios medios de comunicación. Estos autores y sus discípulos darán un enorme empuje a la historieta argentina, afirmándola en el mercado con una tremenda fuerza.

Con los años treinta llega también la oportunidad de producir las primeras ilustraciones coloridas. Y es en estos años que se siente la fuerte influencia estadounidense. Compitiendo con esa propuesta que viene del norte, surgen nuevos creadores como Raúl Ramauge, Bruno Premiani, Luis Cazeneuve y Raúl Roux. En este período se destaca José Luis Salinas, con dibujos realistas que siguen la tradición de los ilustradores clásicos, manteniendo el lenguaje secuencial de las tiras de historieta. La obra más reconocida de J. L. Salina en esta etapa es “Hernán el Corsario”, de 1936. Pero a todos ellos los aventaja en fama el nuevo personaje creado por Dante Quinterno, el indio Patoruzú.

En ese mismo contexto social y político de los años 30 que mencionábamos antes, transportándose desde Europa,  en medio de grandes convulsiones obreras y populares, y ya con el sordo ruido de las armas amenazando desde los cuarteles, el 14 de diciembre 1928 el diário porteño “La Razón” lanza la historieta de Dante Quinterno llamada “Julián de Montepío”. Es la historia de un típico pícaro que subsiste a costas de otro personaje, Tito Meñique. El que luego sería Isidoro Cañones es un típico “niño bien”, pusilánime, con alergia al trabajo y lleno de vicios.

Los dos personajes, con el correr de las publicaciones, se terminan fundiendo en un solo nombre, el de lsidoro Cañones. En 1929 aparece, un poco al acaso y sin que se le dé demasiada importancia, el nombre del “Conde” Patoruzú. Pero hacia el 26 de septiembre de  1930 -muy poco tiempo después del golpe militar de José F. Uriburu que derrocara del poder al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen- el indio Patoruzú se incorpora a la historieta.

Un estanciero deja una herencia a su sobrino, y en ella se incluye  Patoruzú, hombre nativo de la Patagonia, semisalvaje y casi un analfabeto que, sin embargo, es un noble. El cacique, como se sabrá enseguida, desciende de un faraón egipcio, el legendario Patoruzek Iº, que habría llegado a América a través del mítico continente de  Atlántida.
La historieta crece y exige la aparición de una revista propia y autónoma para el nuevo e importante personaje, lo que finalmente ocurre en noviembre de 1936. El mejor momento del cacique Patoruzú coincide con la que fue llamada “la década infame” de los años de 1930.

El personaje y todo el paquete ideológico que la revista transporta, parecen identificarse –y así se monta el estigma sobre su creador, Dante Quinterno- con la dictadura militar y el partido gobernante de esos años. Por ejemplo, en 1931, apareciendo como buenos aliados de la policía política argentina, Julián de Montepío y Patoruzú se ensañan en una persecusión atrás de los dirigentes anarquistas Tamayo Gavilán y Severino Di Giovanni. Los textos editoriales de la revista apoyan la candidatura de Manuel Fresco para gobernador de Buenos Aires.

Pero pasan otros diez largos años, la década infame hace que los militares que se alternan en el gobierno cambien de signo y se sintonicen con las corrientes nacionalistas y filofascistas que triunfan en la Europa en guerra; y durante el gobierno peronista, la actitud de la revista, su creador y el personaje Patoruzú pasa a ser de neutralidad, una actitud que, en las condiciones de la semi censura imperante, disimula cualquier probable ánimo opositor. Para camuflarse mejor, Quinterno editorializa em esa época sobre asuntos meramente vecinales y abunda en temas apenas parroquiales de poca monta y de bajo perfil político.

Algunos cambios ocurrieron sin embargo a lo largo de los más de 80 años de la publicación; y si no fue tanto en el prototipo -el núcleo duro de Isidoro, interesado, oportunista y egoísta a ultranza, o en la nobleza gaucha del indio- pero sí que hay algunos pequeños e imperceptibles retoques que hacen más fácil su identificación por el público del nuevo siglo. Al antiguo indio desinteresado, que defendía al hambriento, caballeresco, ahorrativo y sobrio, Le aparecen los matices de un negociante más amigo del lucro y la ganancia.

La antigua castidad decimonónica de Isidoro Cañones, con sus piropos apentas verbales, se suman modernísimas relaciones prematrimoniales con su novia. Pero el fondo de base mitológica se mantiene, sin embargo. El indio sigue siendo un estanciero riquísimo, dueño de media Patagonia, pero el origen de su fortuna no es histórico. Continua siendo un hombre del pueblo y campesino por sus modos, su manera de vestirse y su propia habla; pero es, claramente, además, un noble aristócrata, descendiente de una remota dinastía.

Siempre al contrario, Isidoro Cañones sigue siendo el mismo “venido a menos”, un lumpem-burgués, con sus viejas costumbres de ocio permanente, y una urgencia de dinero que le exigen el vicio del juego y el alcohol.
Patoruzú,  su padrino y mentor, juega a ser el consejero moral, el que lo llama  al trabajo, a volver a la tierra y a la vida rural de sus antepasados terratenientes, militares y conquistadores, como su tío, el conservadorísimo Coronel Cañones.

Javier Villanueva, São Paulo, 24 de novembro de 2013.

* El diario "Perfil" salió en 1998 por primera vez, con el formato de un diario digital –el primero argentino- para luego pasar a editarse también en papel. Entre los colaboradores de la publicación estaban los más prestigiosos periodistas y escritores argentinos, invitados por el director en 1997. Firmaron un código de exclusividad y el periódico empezó con una media de unos 40 mil ejemplares diários, pero terminó cerrando tres meses después del lanzamiento porque las ventas bajaron y la escasa publicidad les impidió continuar.
El diario fue tomado por los columnistas, periodistas -entre ellos Mempo Giardinelli, Luis Majul, Beatriz Sarlo, Jorge Greco, Carlos Ulanovsky, Laura Batkis, Thomas Abraham, Jorge Omar Novoa y Gerardo Rozin- y el personal, que luego de tres días de resistencia abandonaron el edificio.
En septiembre de 2005 el diario fue relanzado y, para no repetir el experiencia del “Perfil” de 1998, comenzó saliendo solo los domingos, que es el día de mayor venta de diarios en Argentina, para después agregar la edición del sábado. Actualmente, la edición digital es actualizada las 24 horas del día.
Además de sus críticas a los gobiernos de la democracia, el diario siempre criticó al Grupo Clarín, siendo incluso boicoteado por este, que también intentó comprar parte de las acciones de la Editorial Perfil y aumentó el precio del papel diario fabricado por Papel Prensa. Su línea editorial puede considerarse como ultraliberal, o liberal clásica, de centro derecha.
Fuente:

terça-feira, 13 de junho de 2017

Pesadillas extrañamente conectadas

Pesadillas extrañamente conectadas

















Doña Tina se despertó, pintando. Casi nunca le había ocurrido en sus largos 89 años de vida, pero esta vez podía recordar cada detalle del sueño que acababa de tener. Era un sueño que se había convertido en algo tremendamente vivo, y que todavía parecía seguir muy presente, unos pocos minutos después de haber terminado.

La casi anciana señora no se animaba a contarle a sus hijas lo que le había ocurrido, y durante el desayuno de ese día, ocasión en que las tres se juntan para conversar, ni siquiera hizo la mínima referencia al sueño que había tenido. Tal vez ellas querrían obligarla a tomar algún remedio para librarse de lo que seguramente llamarían “síntomas extraños” y doña Tina en realidad no quería librarse en absoluto de ninguno de sus sueños.

Es que hacía un tiempo que casi todo lo que le pasaba a ella misma, o lo que les ocurría a los otros en sus sueños, luego se volvía realidad. Y, por más increíble que pueda parecer, ella quería que eso siguiera ocurriendo; quería continuar así con sus sueños, porque de algún modo con ellos, o a través de ellos, doña Tina tenía la sensación -que era bastante realista por otro lado- de poder saber por adelantado, y de antemano, o en primera mano, todo lo que iba a suceder.

Le fascinaba a doña Tina ver que todo lo que pasaba en sus sueños o en sus pesadillas, luego iba a desarrollarse del mismo y exacto modo en la realidad.

Y es que en su vida real se iban sucediendo de a poco, como en una película, repitiendo al vivo y en directo, y en carne y hueso, en los sucesos cotidianos, reales y concretos, en sentimientos y en hechos, las mismas imágenes, casi siempre muy confusas y a veces casi ininteligibles de sus aventuras nocturnas.

Había empezado a ocurrirle también, como ya lo dije antes, algo poco común: recordar casi de inmediato, minutos después de despertarse, y muy espontáneamente, cada uno de los detalles de sus sueños o pesadillas. No era siempre, o por lo menos no había sido siempre así; cuando había hecho algún esfuerzo especial por recordar todo un sueño (o una pesadilla), o por acordarse de algo en particular, sus esfuerzos habían sido inútiles.

En síntesis, cuanto menos se preocupaba doña Tina por acordarse de lo soñado, más rápido y más nítidamente le llegaban las imágenes; y al contrario, cuanto más se esforzaba por llamar los recuerdos de la noche anterior, peor era el resultado.

Y como doña Tina estaba muy lúcida y, por causa de su avanzada edad, le empezaban a faltar las diversiones, ya se había dado cuenta de este mecanismo extraño que describo, y había aprendido, incluso, a aprovecharlo y a disfrutarlo, como si disfrutara un placer más de los tantos que los años le habían ido quitando de a poco.

Pero en este sueño en particular, dona Tina había “sentido” minuciosamente por primera vez, o mejor dicho, había visto con todos los colores y detalles cromáticos imaginables, había olido el hedor y palpado la densidad de la maldad, del horror y el miedo pánico que el principal personaje de su sueño irradiaba. Había visto nítidamente un hombrecillo de no más de un metro y medio de altura, con un bigote espeso, una mirada penetrante, piel brillante, pero contradictoriamente y en general, con un aspecto que se diría agradable y atractivo, si no fuera por dos cuernitos agudos que le apuntaban en cada lado de la frente.

El hombrecito del sueño entraba y salía con sorprendente facilidad de una botella, un garrafón de unos cuarenta centímetros de altura y medio metro de diámetro, con una boca larga y estrecha. y recuerda Tina que, mientras el diablo se perdía en el botellón, una nube se movía dentro del mismo, como si el demonio se hubiera transformado en una mancha que pasaba del gris al verde y producía intensos reflejos dorados.

Y cada vez que el diablillo salía, pasaba al lado de doña Tina y la saludaba, o simplemente le amagaba con finura una leve inclinación de cabeza, y en una de tantas entradas y salidas, hasta le guiñó un ojo. Por fin, tal vez cansado de la rutina de entrar y salir del estrecho cuello de la botella, se sentó al lado de la señora que, a pesar del aspecto casi agradable del diablo, no pudo reprimir un estremecimiento rápido, probablemente producto del olor fuerte, mezcla de azufre y almizque, que emanaba del hombrecito.

– ¿Me creería Ud. si le cuento que hace hoy exactamente ciento sesenta y cuatro años, dos meses y cinco días que estaba encerrado en esa botella? – le espetó, a boca de jarro, el demonio.

– ¿No me diga? – le contestó con una elegancia fuera de circuntancia doña Tina, que en realidad pensaba rápidamente cómo seguir una conversación, tan insólita y sin propósito, nada menos que con el diablo.

– Un pecador, al que había venido a buscar en 1839, para llevarlo al fuego eterno, me hizo una propuesta – empezó su relato Satanás, tomando de pronto un aire distraído, mirando a lo lejos, como alguien que se acuerda de cosas pasadas... ¡y cuántas historias no tendría este demonio para recordar! Pasaron muchos minutos, o tal vez horas en esta situación: el diablo meditando, y doña Tina esperando con paciencia; nunca se puede saber cuál es el tiempo exacto de los sueños, pero a ella le pareció una eternidad.

– Finalmente el pecador, para salvarse me propuso algo insólito, un trato que, incluso para mí, que como Ud. ya debe haber oído, el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo. El hombre al que había ido a buscar me proponía que me encerrara aquí dentro, y que él me vendería por el precio más alto que pudiera; yo, dentro de la botella, sería como el genio que otorga todos los deseos a su amo, al dueño de la botella; pero cuantos más deseos fueran concedidos, más seguro estaría el dueño de pagar en el infierno sus pecados, sin la menor posibilidad de salvación – siguió contándole el diablo.

– Como forma de agregarle un valor añadido al negocio que imaginaba el pecador -la operación de por sí ya carísima, de la compra de la botella- quien la adquiriera podría venderla nuevamente, pero siempre a un precio más bajo que el que él mismo pagó – agregó el diablillo.

– ¿Y con esta operación de venta el ex propietario de la botella conseguiría huir de su condena? – preguntó en su sueño doña Tina.

– Sí, siempre y cuando la vendiera más barato – le contestó el diablillo, que con un leve estremecimiento salió de su sopor y siguió contando:
– Pero algo bastante extraño ocurrió entonces: yo le acepté el trato, y el condenado que se había salvado gracias a su genial idea de multiplicar las condenas con el incentivo de la ambición de nuevos compradores de la botella, la vendió de primera mano al administrador de una hacienda en el interior de Traslasierras, en Córdoba – continuó el diablo.

Y doña Tina se acordó de un caso raro que le habían contado en su juventud, pasada a unas cuantas leguas de Capilla del Monte, al N.O. de Córdoba. Su padre, don Victoriano, le contó que allá vivía una familia de agricultores y ganaderos, que a cada generación perdía más y más sus propiedades y riquezas, y que se había ido sucediendo en la administración de varias haciendas en las estancias de la región. Lo insólito consistía en que había dos hechos que parecían estar vinculados: por un lado, la familia pasaba de una generación a la siguiente y, no importa con quién se casaran las mujeres y los hombres de la casa, si fueran estos criollos, gringos, turcos o medio indios, porque las caras, los gestos, las expresiones, y sobre todo, el color de los ojos, la piel y el pelo, iban repitiéndose, cada vez más idénticos entre ellos. Cada generación era gemela de la anterior, y sus hijos, sobrinos, nietos y bisnietos eran cada vez más la copia fiel, el mellizo, o trillizo o cuatrillizo, de sus antepasados.

El otro hecho raro en la historia de la familia de “Los Iguales”, como ya habían empezado a llamarlos en todo el pueblo, era que el gerente, o administrador general de la estancia, siempre guardaba celosamente una botella, una especie de damajuana de medio metro de diámetro, con una boca angosta y alargada, en cuyo interior se movía una nube colorida, a veces gris del color de las perlas.

La familia, que al principio estaba francamente decadente y perdía sus propiedades, de repente fue recuperándolas, enriqueciéndose hasta recobrar el antiguo poderío. Pero a pesar de haber salido de los aprietos económicos, los miembros de la familia conservaban una creciente tristeza en el andar, en el modo de hablar, en la mirada y en el aspecto general de cada mujer, cada niño o niña, y cada hombre de la prole de “Los Iguales”.

– Ocurre que cada nuevo administrador, empleado de la familia, había vendido la botella en la cuál yo habité estos 164 últimos años, cada vez a un precio más bajo, y mientras tanto cada uno había hecho sus pedidos, ganando casas, joyas, campos y dinero; o sea, todo lo que la ambición les había pedido, y yo, el diablo en persona, se lo concedí – agregó el demonio.

– Y yo me acuerdo que mi papá contaba que, mientras más ricos se volvían “Los Iguales”, y a la vez que desaparecían todas las diferencias entre los rasgos de cara, de timbre de voz y de actitudes entre los miembros de esa raza extraña y hermosa, más tristes, más ensimismados y circunspectos se veían – completó doña Tina.

El diablo del sueño de la vieja señora se desperezó con un largo bostezo, estirando cada brazo y pierna, y al final rugió, despertando todo el terror que la voz de un diablo puede generar en una persona.
Y doña Tina salió del sueño.

Esa mañana, como dijimos al principio, doña Tina se despertó pintando. Es verdad que había pasado largos años de su juventud en la Faculdade de Belas Artes, en su lejana São Paulo, de la que había emigrado cuando en sus cabellos todavía no habían vuelto grises; pero las técnicas aprendidas de dibujo a la carbonilla o al pastel, y las horas dedicadas a los pinceles suaves y livianos de las acuarelas, o los más pesados de la pintura al óleo, no habían dejado grandes marcas en su espíritu, y ella las consideraba una parte relativamente poco útil en su acervo espiritual o cultural, y hacía mucho tiempo que ya no pintaba en serio, ocupando tardes y hasta noches enteras, como lo hiciera en su juventud, sumergida en el olor de la trementina y las paletas.

Doña Tina, muy extrañamente se despertó, pintando el mismo cuadro que había soñado la noche entera, y durante el sueño -como ahora le parecía obvio que había ocurrido- ella había buscado su estuche viejo, había separado los pinceles y espátulas y abierto los tubos de diversos pomos de óleo, los había mezclado con parte de un viejo frasco de trementina y había llenado casi la mitad de un lienzo de 60 x 80 centímetros, clavado en un bastidor también antiguo y olvidado en lo más oculto del desván de su casa de Las Chacras.

Javier Villanueva. São Paulo, 2011.

* Cuadro de Joaquín Sorolla, "Mujer con sombrero blanco pintando en el campo en el atardecer".

domingo, 11 de junho de 2017

¿Existe una bandera del Tahuantinsuyo?

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Hermanos Andinos
Arcoiris de Igualdades 
Ayllu nuestro Whipala
Anunciando libertades
en los Andes, Jallalla.




¿Existe una bandera del Tahuantinsuyo?


El programa “Matéria de Capa”, de la TV Cultura de São Paulo, hablando sobre Cuzco y el Machu Picchu, mostraba un par de años atrás, la "bandera del Imperio Inca". 

Convencido de nunca haber oído hablar sobre este asunto, ni de haber visto en Cuzco o en Machu Picchu alguna referencia sobre el tema (ví, sí la bandera con los siete colores del arco íris en la alcaldía de Cuzco, pero como un símbolo moderno, que enseguida fue tomado por todos los movimientos pan-indigenistas americanos), fui a investigar y encontré las seguientes informaciones en la Academia de la Historia del Perú:

“El uso oficial de la mal llamada bandera del Tahuantinsuyo es indebido y equívoco. En el mundo pre-hispánico andino no se vivió el concepto de bandera, que no corresponde a sus contexto histórico”. La investigadora de la civilización incaica María Rostworowski, consultada sobre el símbolo multicolorido escribió lo siguiente:

“Les doy mi vida, los incas no tuvieron esa bandera: esa bandera no existió, ningún cronista hace referencia a ella”.

Según describe el cronista indígena Joan de Santa Cruz Pachakuti Yanqui Salqamayhua, en épocas antiguas existían estandartes, unas especies de banderas, llamadas “qapac –unancha” en Perú, o “wiphala” en Bolivia, y ambas palabras pueden ser traducidas como bandera, probablemente un símbolo que no representaba al estado incaico y sí, y nada más, al soberano, que pintaba en estos estandarte sus armas y divisas personales, como los escudos y blasones europeos.


Según se sabe hoy, Raúl Montesinos Espejo, el dueño de la Radio Tawantinsuyo, fue quién invento - o creó tal bandera, con las siete fajas, con los colores del arco iris-, para festejar el 25º aniversario de la radio en 1973. 

Más tarde, el símbolo se extendió, hasta que en 1978, la Municipalidad del Cuzco, y el Alcalde Gilberto Muñiz Caparó, declararon la bandera como un emblema oficial de la ciudad. 

Así fue que nació la hoy llamada “bandera del Tahuantinsuyo”.

Javier Villanueva. São Paulo, 11 de junio de 2017.

sexta-feira, 9 de junho de 2017

¿Quién era José de San Martín?


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¿Quién era José de San Martín?

(1778-1850)
Por Felipe Pigna

José Francisco de San Martín nació en Yapeyú, hoy provincia de Corrientes, un 25 de febrero de 1778. 
Yapeyú había sido fundada en febrero de 1627 por los Jesuitas y se transformó con el tiempo en el más importante centro ganadero del Río de la Plata, famoso sus zapaterías cuyos productos eran exportados a Chile y Perú. 
También se producían ahí diversos instrumentos musicales de gran calidad. Todo esto decayó con la expulsión de los jesuitas en 1767, pero Yapeyú siguió siendo una ciudad importante dentro de la estrategia española para estas tierras.
Cuando José tenía apenas tres años, toda la familia debió abandonar Yapeyú y trasladarse a Buenos Aires. El virrey Vértiz le ordenó a Don Juan hacerse cargo de la instrucción de los oficiales del batallón de voluntarios españoles. 
Los San Martín vivirán en la capital del virreinato hasta fines de 1783, cuando fue aceptado el pedido de Don Juan para regresar a España. Se le encargó la dirección de un regimiento en Málaga y allí se instaló la familia. José, que tenía por entonces ocho años, se supone que estudió  en el Seminario de Nobles de Madrid. Allí aprendió latín, francés, castellano, dibujo, poética, retórica, esgrima, baile, matemáticas, historia y geografía. 
En 1789, a los once años ingresó como cadete al regimiento de Murcia y en poco tiempo ya tomará parte activa en numerosos combates en España y en el Norte de África. 
Entre 1793 y 1795 durante la guerra entre España y Francia, el joven San Martín tuvo una actuación destacada en todos los combates en los que participó, y ascendió rápidamente en sus grados militares hasta llegar al de segundo teniente. En la guerra contra las fuerzas napoleónicas y ya con el grado de Teniente Coronel, fue condecorado con la medalla de oro por su heroica actuación en la batalla de Bailén el 19 de julio de 1808.
El joven José no olvidaba sus orígenes americanos y estaba muy al tanto de los sucesos del Río de la Plata. Al enterarse de los hechos de mayo de 1810, decidió pedir el retiro del ejército español para poner sus conocimientos y experiencia al servicio de la naciente revolución americana. Había tomado contacto en España con círculos liberales y revolucionarios que veían con simpatía la lucha por la emancipación americana. Salió de Cádiz para Londres el 14 de septiembre de 1811. 
Londres ya era por entonces la gran capital de la Revolución Industrial a cuya sombra florecían las ideas liberales, ante todo en lo económico, pero también en lo político. Allí prosperaban los grupos revolucionarios como la "Gran Hermandad Americana", una logia fundada por Francisco de Miranda, un patriota venezolano que se proponía liberar América con la ayuda financiera de los ingleses. 
Durante sus cuatro meses de estadía en Londres, San Martín tomará contacto con los miembros de la "Hermandad", sobre todo con Andrés Bello y con personas vinculadas al gobierno británico, como James Duff y Sir Charles Stuart, quienes le hacen conocer el plan Maitland. El plan, un manuscrito de 47 páginas, había sido elaborado por el general inglés Thomas Maitland en 1800 y aconsejaba tomar Lima a través de Chile por vía marítima. San Martín tendrá muy en cuenta las ideas del militar inglés en su campaña libertadora. 
Finalmente en enero de 1812 San Martín emprende el regreso a su tierra natal a bordo de la fragata inglesa George Canning. “Yo serví en el ejército español desde la edad de trece a treinta y cuatro años, hasta el grado de teniente coronel de caballería. En una reunión de americanos en Cádiz, sabedores de los primeros movimientos de Caracas, Buenos Aires, etc., resolvimos regresar cada uno al país de nuestro nacimiento a fin de prestarle nuestro servicio en la lucha." José de San Martín.
 A poco de llegar San Martín a Buenos Aires, logró que se le respetara su grado militar de Teniente Coronel y que se le encomendara la creación de un regimiento para custodiar las costas del Paraná, asoladas por los ataques de los españoles de Montevideo. Así nació el regimiento de Granaderos a Caballo. 
El propio San Martín diseñará los uniformes y las insignias del nuevo cuerpo militar que se instala en el Retiro. La situación política en Buenos Aires era complicada, gobernaba el Primer Triunvirato integrado por Feliciano Chiclana, Manuel de Sarratea y Juan José Paso. Pero el verdadero poder estaba en manos del secretario de gobierno, Bernardino Rivadavia, que venía desarrollando una política muy centralista que desoía todos los reclamos del interior, cada vez más perjudicado por la política económica de Buenos Aires que fomentaba el libre comercio y mantenía un manejo exclusivo del puerto y de la aduana.
San Martín entró en contacto con los grupos opositores al Triunvirato, encabezados por la Sociedad Patriótica fundada por Bernardo de Monteagudo, y creó, junto a su compañero de viaje Carlos de Alvear, la Logia Lautaro, una sociedad secreta cuyos objetivos principales eran la Independencia y la Constitución Republicana.