Podríamos imaginar el viaje de las palabras como el de las
semillas o las esporas al viento. El mismo azar, el mismo agrumarse aquí y allí
en estrechos remolinos, para después disiparse y depositar su peso exacto en
nuevas tierras. Hay algo hermoso y poderoso en cada palabra que pronunciamos:
por más de que generaciones de gramáticos hayan tratado de sujetar su sustancia
impalpable, de distinguir la norma de los desvíos, no existe en la historia de
las palabras la distinción entre acierto y error, amenaza y resguardo, pureza e
impuridad. Están siempre expuestas, las palabras. Se adecúan a espacios y
tiempos dispares, dejándose moldear por los equívocos, las incomprensiones, la
diáspora del sentido y de la forma por entre las enramadas de la lengua. En su
cuerpo centenario, la etimología rastrea las trazas de los encuentros, las
disyunciones, las transformaciones y las omisiones que hacen parte de su
historia.
Recogemos aquí un puñado de palabras españolas de origen hebreo, aquéllas que
consideramos de mayor interés sea para el lector hispanohablante conocedor del
hebreo, que para el que no se haya iniciado en esta lengua. La influencia
hebrea en el español es seguramente minoritaria respecto a otros idiomas.
Pertenece, casi sin excepciones, al ámbito de la liturgia cristiana heredada de
la judía. Pero no sólo. Y es éste quizás el hallazgo más significativo con que
podrá toparse el lector al recorrer los términos que componen nuestro breve
glosario. La influencia del hebreo es una influencia antiquísima, casi primigenia,
que se extiende a palabras tan arcaicas como los primeros trazos de escritura
occidental. Está enraizada en términos sorprendentemente comunes, tan usados
que podrían parecer carentes de otros acentos distintos a los de nuestro
idioma. Ir en busca del hueso de las palabras, descubrir su más íntima conexión
con el mundo remoto en donde fueron pronunciadas por primera vez, nos restituye
una renovada sorpresa frente a la lengua, que esperamos pueda contagiar también
al lector.
Aleluya: Es
hebrea esta expresión de júbilo. El latín tardío alleluia derivó
del griego allēloúia,
y éste, a su vez, del hebreo hallĕlūyāh, que es una invitación a
alabar la gloria divina. Hallĕlū es la segunda persona plural del
imperativo hallēl,
“alabar”, y yāh es, como el lector podrá inmediatamente observar,
la forma abreviada de Y-veh.
Alfabeto: Como
ocurre con el inicio reconocible de una canción, la palabraalfabeto, al
igual que abecedario,
convoca, con las primeras notas conocidas, la larga cantilena de sonidos de la lengua.
En a-be-ce-d-ariofueron
ensartadas las primeras cuatro letras del sistema de escritura latino, mientras
que en alfa-beto bastaron
dos, de origen griego, para designar el ágil repertorio de signos ordenados de
la lengua. Pero si es más conocida la etimología, primero latina tardía (alphabetum) y
más antiguamente griega (alphábētos), de alfabeto, poco se sabe, por lo general,
sobre la proveniencia hebrea de los primeros grafos helénicos. La letra alpha (α) fue
adquirida del alfabeto canaanita de la edad de Bronce, en el cual el grafo A,
que representaba el sonido /a/, era el pictograma que a su vez designaba el
buey, āleph,
animal cuyo nombre iniciaba por el mismo sonido. Trazas de esta proveniencia se
pueden observar aún hoy en la similitud de nuestra A mayúscula con la cabeza
estilizada de un buey, al posicionar su vértice hacia abajo. La segunda letra
de dicho alfabeto utilizaba el mismo mecanismo: el pictograma de beth (en
hebreo forma constructa de bayith), indicaba no sólo “casa” sino
también su letra inicial, /b/, que se convertiría para los griegos en beta (β).
Otros 20 signos, con sus respectivos objetos, se sucedían en el más antiguo de
los alfabetos occidentales: camello, puerta, ventana, anzuelo, arma, muro,
rueda, mano, palma de la mano, agua, serpiente, pescado, ojo, boca, cazar,
mono, cabeza, diente, marca. A partir de este sencillo universo de objetos,
animales y partes del cuerpo, se originaron los signos del hebreo moderno, el
fenicio, el griego, el gótico, el copto, el armenio, el georgiano, el albanés,
el eslavo (glagolítico y cirílico), el etrusco y el latino. Poco a poco, la
conexión de cada pictograma con el mundo en donde fue utilizado por primera vez
se fue desvaneciendo. Pero el ordenamiento de los objetos convocados por cada
letra permaneció invisible en la fija sucesión de sus sonidos iniciales, mágico
conjunto de signos con los cuales articulamos las infinitas, cambiantes
palabras de nuestras lenguas.
Amén: El
latín amen y el griego amḗn vienen de la expresión hebrea de certeza y
seguridad, āmēn (raíz a-m-n), “así sea”, usada en ámbito cultual y derivada
probablemente del egipcio amon.
Bahamas: No
hay en la etimología de esta palabra grandes certezas. Sin embargo, hay en la
discusión surgida al respecto datos interesantes. Una primera corriente de
estudiosos identifica el origen del topónimo de las Bahamas en “Bajamar”,
apelativo que Cristóbal Colón habría dado a las primeras islas con que se
toparon sus embarcaciones, a causa de la escasa profundidad de las aguas que
las rodeaban. Las apacibles “Islas de Bajamar” o “Islas Lucayas”, del nombre de
sus habitantes, habrían sido bautizadas aproximativamente “Bahamas Islands”
por los súbditos del rey inglés Carlos I, que las conquistaron hacia mediados
del siglo XVIII. Sin embargo, el apelativo “Bahamas” figura ya en varios mapas
del s. XVI y en el III acto de la comedia “La entretenida” de Cervantes, de
1615, en donde se menciona el “Canal de la Bahama”. Así, desechando la primera
teoría, otra corriente de estudiosos defiende la asociación del nombre del
archipiélago con el mítico Behemot hebreo, habitador, junto
con el Leviatán, del abismo de donde manan las aguas del mundo. En el libro de
Job se lee:
“Presta atención a Behemot: se alimenta de hierba como el buey. Mira qué fuerza
en sus riñones, qué vigor en los músculos de su vientre. Endereza su cola como
un cedro, se entrelazan los nervios de sus muslos. Sus cartílagos son tubos de
bronce, sus huesos son como barras de hierro. Es la primera de las obras de
Dios, quien lo hizo rey de sus compañeros. Le pagan tributo las montañas y
todas las fieras que en ellas retozan. Debajo de los lotos se revuelca, en la
espesura de cañas y de juncos. Le cubren los lotos con su sombra, le rodean los
sauces del torrente. Aunque el río anegue, no se asusta; quieto está aunque el
Jordán le llegue al hocico. ¿Quién podrá apresarlo por los ojos o taladrarle la
nariz con una estaca?” Libro de Job (XL, 15-24).
Esta asociación no parece tan descabellada, si tenemos en cuenta que en
su Diario del
primer viaje, el Almirante anota la existencia de varios animales mitológicos
(caníbales, sirenas…), provenientes del imaginario medieval presente en
bestiarios y leyendas de navegación. Por otro lado, Yosef Ben Haleví Haivrí,
judío convertido bajo el nombre de Luis de Torres, fue el intérprete de Colón
en su primera travesía, y una leyenda quiere que, hallándose frente a la
inexplicable presencia de tribus indígenas en el Nuevo Mundo, se hubiera
dirigido a ellas en hebreo, considerándolas provenientes de alguna de las
tribus perdidas de Israel.
Europa: El
nombre del Viejo Continente ha sido frecuentemente relacionado con el mito
griego de Europa,
la bella fenicia hija de los reyes Agenor y Telefasa de Tiro, que fue raptada
por Zeus, bajo forma de manso toro blanco, y transportada hasta la isla de
Creta. Aunque la narración mitológica, que alude a la travesía de la joven
sobre el lomo del toro divino, parece rememorar el viaje del término desde el
antiguo Canaán hasta el universo insular griego, la palabra Europa no fue una
invención helénica. El griego Eurṓpē,
registrado ya en el siglo VIII a.e.c., designaba exclusivamente la región
ubicada al Norte de Grecia, y deriva del semíticoérev (acadio erēbu), que
significa “[Región del] Sol Poniente”. De manera simétrica, el apelativo Asia,
que en el s. VII a.e.c. designaba la costa de Lidia, deriva del acadio āsū,
literalmente “salir, amanecer”, y era, por lo tanto, la “Región del Sol
naciente”. La antigua medialuna fértil, cuna de las primeras ciudades de la
humanidad, es, así, el eje a partir del cual se articulará la conocida división
del mundo en Occidente y Oriente. No parece entonces del todo descabellada la
idea medieval de considerar esta franja del mundo como meridiano primordial,
místico, de los mapamundis, y de situar a Jerusalem en el centro de la tierra
habitada.
Gasa: Nos
hallamos aquí frente a un caso distinto: no son ya los nombres de objetos o
referencias los que se inscriben sobre la tierra, sino al contrario: el
castellano gasa proviene del francés antiguo gaze, a su vez derivado de la
antigua ciudad de Gaza, donde se creía que era producida la sutil tela
semitransparente usada para delicados vestidos o curaciones médicas. No ha sido
esclarecida con certeza la etimología del nombre de la ciudad, pero algunos
estudios la relacionan con el hebreo ‘Azzāh, “fuerte”.
Mesías: El latín tardío messias y
el griego messías derivan
del arameomeshīhā,
del hebreo māshīaḥ,
literalmente “el ungido”, de māshaḥ, “ungió”.
Querubín: La
presencia más remota de este término es el acadio kuribu, que
dio el asirio y babilonio karabu y el hebreo kerūḇ. Es del
plural hebreokerūḇīm que
deriva la forma griega τά Χερουβ(ε)ίμ (tà jerubím) y latina,cherubim. En
acadio y sus derivados asirios y babilonios significaba “grande, poderoso”, al
igual que “propicio, bendito”, acepción de la que derivó el uso del vocablo
para designar los guardianes sagrados de las puertas, normalmente representados
en forma de toro alado con cabeza humana. En la tradición judía, poco propensa
a las representaciones estatuarias, se mantuvo la descripción oral de estos
antiguos genios protectores, que pasó a la liturgia cristiana primitiva, para
designar la segunda jerarquía de ángeles, después de los serafines. Las
portentosas criaturas divinas que custodiaban las puertas de los templos
mediorientales perdieron su naturaleza bestial en su viaje hacia Occidente,
cuando el aspecto animal fue considerado inapropiado por los artistas
medievales, que, hallándose frente a la tarea de darle forma y color a las
Escrituras, optaron por su representación antropomórfica. Más tarde, la
iconografía renacentista tomaría de los cupidos romanos el modelo infantil,
rollizo y juguetón de su retrato, triunfante en Occidente hasta nuestros días.
Satán: Es
de origen hebreo uno de los apelativos con que la cultura judeocristiana ha
nombrado el mal. El latín tardío Satanas deriva del griegoSátanas, y
éste a su vez del antiguo hebreo Śāyṭān,
que ha sido traducido normalmente como “adversario”. Sin embargo, se trata de
una traducción aproximativa, que puede ser matizada si se tiene en cuenta el
contexto más amplio que existe en el árabe para la raíz semítica ś-y-t. De
hecho, en árabe aún subsisten de esta raíz las palabras śayyata,
literalmente “quemar, arder, chamuscar”; aśāta, “destruir, aniquilar,
matar”; śaytī,
“torbellino de polvo”; Śāyṭān,
“Satán, Diablo, Demonio”; śāta, “encenderse de ira”. En particular, de śaytī,
“torbellino de polvo”, puede depender, según algunos estudiosos, la conexión
del nombre de Satanás con los vientos devastadores provenientes del desierto,
asociados a la idea de infierno, mal y destrucción.
Serafín: Los
serafines tienen una historia similar a la de sus hermanos, los querubines. La
palabra castellana serafín deriva del hebreo serāphīm, plural de sārāph, que
significaba “[serpiente] de picadura ardiente”. Las Escrituras describen a los
serafines como serpientes de fuego voladoras que custodian a Dios, dotadas de
tres pares de alas. La cultura cristiana asignó a las serpientes una
connotación negativa que no poseían en las culturas mesopotámica, egipcia y
grecorromana, en donde gozaban de alta consideración. Se trataba, en efecto, de
animales protectores, que custodiaban saberes vedados a buena parte de los
mortales, relacionados por lo general con la tierra, con la que tenían íntimo
contacto. Comúnmente, también, eran asociadas al principio de la vida, por su
movimiento ondulante, similar al del agua. Para los teólogos cristianos del
Medioevo, la cercanía de las temibles y despreciables serpientes al Ser Supremo
representaba, en cambio, un contrasentido, por lo que en la iconografía
cristiana la imagen animal fue sustituida por la de los ángeles de singular
hermosura que ocupan el primer coro celestial.
Sodomía: Es
conocida la derivación de la palabra española sodomía de la mítica
ciudad de Sodoma,
pero lo que poco se sabe es que en su núcleo se halla la raíz hebrea sod, que
significa “secreto”. Así, lo que es considerado aberrante, fuera de la norma,
es también secreto, que etimológicamente es aquello que se encuentra separado,
y por lo tanto oculto.
Como en este caso, y como hemos podido observar en nuestro breve
recorrido, hay un secreto en cada una de las palabras de la lengua, un fuego
central, del que la forma actual se aleja más o menos, pero que resuena
invariablemente en la sustancia viva de la que está constituido cada idioma.
Descubrir ese secreto, desenterrar la maravilla que encierran las palabras, es,
a nuestro parecer, la gran belleza del estudio de su biografía, que esperamos
haber podido sugerir en nuestro pequeño repertorio.