Cuestiones con la Lengua
25 de mayo de 2016. Página/12
Por Mempo Giardinelli
Tras
el saludable pronunciamiento de escritores contra el negocio de la lengua que
el domingo expuso Silvina Friera en este diario, y puesto que el asunto me
ocupa desde hace años (en estas mismas páginas escribí más de una vez sobre el
imperialismo cultural de la llamada “Marca España” y los intereses de mercado y
neocolonización que infectan este asunto) quiero ahora precisar que lo que está
en peligro no es solamente la “soberanía lingüística”.
El
peligro va mucho más allá y tiene que ver con la identidad cultural. Muchos
intelectuales latinoamericanos venimos advirtiendo desde hace décadas que lo
que siempre se llamó “la lengua de Cervantes” es también la lengua de Sor Juana
y de Sarmiento, y de Borges, Cortázar, Neruda, Rulfo, García Márquez y miles de
creadores. Por eso subrayamos que nuestra literatura, que representa a unos 500
millones de personas, se escribe no en lengua “española” sino –como insisto
desde hace años– en “castellano americano”.
Desde
comienzos del siglo XIX la independencia continental parió también un proceso
de cambio lingüístico en los vínculos parentales y amicales de los habitantes
de nuestras naciones. Desde entonces nuestro trabajo y los logros, afectos,
alegrías, frustraciones y dolores se expresaron en la lengua que nos identifica,
nos caracteriza y nos presenta al mundo como nación latinoamericana: el
Castellano que se habla en América.
Llamar
Español a esa lengua, y no Castellano, es una apropiación que responde al
eterno interés colonial y económico del Reino de España, cuyos atropellos en
nuestra América desataron las luchas por la independencia. Por lo tanto aceptar
el rótulo imperial que nos dice que hablamos “Español” atenta contra nuestra
identidad como nación y comunidad latinoamericana.
La
España rica y primermundizada de Felipe González fue la artífice de esa
maniobra, cuando impusieron el mandato de que nosotros recordáramos los 500
años de la llegada de Colón a América como un manso fenómeno cultural.
Ya
durante los fastos de 1992 fuimos muchos los que problematizamos los eufemismos
y simplezas lingüísticas que pretendían la celebración de un acontecimiento que
sí merecía ser recordado, pero conscientes de que no había nada que festejar de
los horrores de la conquista y de que se trataba de un mero asunto de negocios
del poder político español de entonces. Y que debió ser la oportunidad de que
la Argentina impulsara un Instituto Borges-Cortázar, compartido entre
Educación, Cultura y Cancillería, como alguna vez propuse y como destaqué en
años recientes en Tecnópolis y después en los Foros de Pensamiento Nacional por
una Nueva Independencia.
Hace
ya 200 años el enorme lingüista que fue Andrés Bello (1781-1865) advirtió el
eje de la cuestión al titular su obra principal: “Gramática de la lengua
castellana destinada al uso de los americanos”. Allí explicaba: “Se llama
lengua castellana (y con menos propiedad española) la que se habla en Castilla
y que con las armas y las leyes de los castellanos pasó a América, y es hoy el
idioma común de los Estados hispanoamericanos”.
Mucho
antes, en el siglo XII, Alfonso El Sabio, rey de Castilla, había empezado a
hablar en toda la península ibérica en el lenguaje que los pueblos entendían y
que desde entonces se llamó Castellano. Tres siglos después Antonio de Nebrija,
en 1496, publicó su “Gramática castellana”, que fue la primera de una lengua
moderna.
Pero
no sólo el gran lingüista venezolano interpretó bien el asunto, sino que
incluso la Constitución Española de 1978, producto de la democratización
posterior a la caída del régimen franquista, definió: “El castellano es la
lengua española oficial del Estado”.
Claro
que enseguida lo cambiaron de hecho, cuando se dieron cuenta de que la lengua
es un medio y una oportunidad extraordinaria para la neocolonización que
requería el naciente capitalismo expansivo del gobierno español. Ahí nació el
Instituto Cervantes, sostenido por empresas como Repsol, Telefónica, Iberia y
los grandes multimedios. Y a la vez los Congresos de la Lengua (española, por
supuesto), dedicados a analizar los problemas y retos del idioma (español, por
supuesto) bajo lemas como “Identidad lingüística y globalización” en el caso de
Rosario en 2004, donde se debatieron “los aspectos ideológicos y sociales de la
identidad lingüística” y “el español internacional y la internacionalización
del español”.
Era
clarísimo que desde la lengua se procuraba reinstalar viejas pretensiones
imperiales. La internacionalización de una identidad lingüística forzada era
parte del aggiornamento del proyecto del Reino de España de, dos siglos después,
retomar la representación de sus viejos y rebelados súbditos. Proyecto que ya
no era territorial pero sí económico y de mercado, pues el gran objetivo detrás
de la avanzada lingüística era la transnacionalización de sus empresas, bancos
y multinacionales y su instalación en un mercado fabuloso, once veces mayor en
habitantes y consumidores potenciales.
Entonces
no solamente “la soberanía lingüística está en peligro”. Como dice el lingüista
Scott Sadowsky, de la Universidad de la Frontera (Temuco, Chile) la lengua es
hoy “el petróleo de España”. Por eso recomienda “dejar de hacerle caso a la RAE
en lo que respecta al castellano”.
El mal
paso dado por la UBA es un pacto de negocios montado sobre una nueva
genuflexión interesada ante académicos y lobbistas hispanos que se han venido
apoderando del otrora indiscutido sello de la RAE. Y no es un paso inocente. El
Castellano es, después del chino mandarín, la lengua más hablada del planeta
por el número de personas que la tienen como lengua materna. Es también el
idioma que ha logrado mayor difusión en el mundo contemporáneo; es uno de los
seis idiomas oficiales de la ONU, el segundo más estudiado en todo el mundo
después del Inglés, y el tercero más utilizado en Internet. O sea, un fabuloso
potencial colonizador y de negocios.
Todo
esto también hay que decirlo a propósito de la denuncia de los colegas acerca
de la injustificable decisión de la UBA.
Mempo Giardinelli,
Resistencia, Chaco. 24 de mayo de 2016.